“Allí me encontraba, justo donde
menos deseaba estar. No se oía nada más lejos del grillar de los grillos o del
canturreo de los pájaros, únicamente el viento susurrándome al oído pequeñas
melodías. A lo lejos una sombra tan fina como el papel parecía desvanecerse
entre los árboles”.
Me cansé de tanto leer, separé la
hoja con el dedo y me lo llevé mientras que bajaba las escaleras de la planta
de arriba, recorrí todo el pasillo; en él un cuadro nuevo de color turquesa con
unos grandes ojos parecían observarme en todo momento.
No tenía mucha hambre ya que
había desayunado muy tarde y había empezado la caja de cereales de chocolate de
mi hermano, así que me fui al patio a que me diera un poco el aire.
Observe que papa había comprado
una tumbona nueva, ya que la anterior se la comió nuestro perro Barceló, un
pastor alemán de cinco meses.
Me eché a descansar un poco, y me
quedé dormida.
Noté al despertarme que Barceló
me estaba lamiendo la mano y al intentar levantarme me caí al suelo. Cuando
pude abrir los ojos vi un medallón, un gran diamante transparente rodeado por unas
serpientes de plata. En ese momento supe que ese era el medallón de mi abuela
Clarise perdido por mi madre cuando ella era chica. Me hizo tanta ilusión
haberlo encontrado que corrí hacia la puerta principal de la casa para
mostrárselo a mi madre; pero no había nadie.
Al entrar por la puerta la casa
estaba muy silenciosa, más de lo habitual, aunque estuviera en ella yo sola. Me
di cuenta de que hacía un frío espantoso y me extrañó que mi madre se dejara
apagada la calefacción. Había una pequeña nota en la puerta del frigorífico,
junto a todas las fotos de mis antiguos compañeros del Instituto.
“Sami, tu padre se ha ido al
Gimnasio con Mario, yo voy a llevar a Azahar al cumpleaños de su compañera, y
después iré de compras con Bárbara, te buscaré ese vestido que tanto te gusta.
Te quiero, besos tu madre.”
Supe que no iban a volver hasta muy tarde, y como
me aburría llamé a Ángela, pero recordé que estaba en una fiesta con su prima y
su primo, Sue y Clarck. Me volví a mi habitación, recorriendo de nuevo el gran
pasillo y aquel cuadro que tanto me atemorizaba y retomé el libro que había
dejado antes a medias, pero en ese momento escuché la bicicleta del cartero Matthew,
el hijo de un vecino nuestro. Volví a bajar las escaleras pero estaba tan distraída
en ver a Matthew que no vi el último escalón de estas y me tropecé con la ropa
sucia de Azahar. Cuando intente levantarme y sacudirme, encontré un sobre negro
que llegó hasta mis pies casi por arte de magia. En él una puerta de color gris
oscura, cerrada y alumbrando una mísera raya de luz por debajo.
¿Para qué
querría yo un dibujo de una puerta cerrada? Pero cuando me puse a pensar en
ello escuché los pasos de alguien, no me asomé, miré por debajo de la puerta y
había una sombra negra.
En ese momento la manivela de la
puerta comenzó a abrirse y lo único que
se me ocurrió fue correr hacia la casita del árbol que teníamos en el jardín.
Me costó no pensar en la puerta de mi casa que estaba medio abierta y que
alguien pudiera entrar. Me mantuve allí durante quince minutos hasta que no oí
nada más lejos del canturreo de los pájaros.
Dejé el libro en el suelo y bajé despacio y con pequeños tropiezos las
pequeñas escaleras de la casa del árbol. Me di cuenta de que era el gato del
vecino de enfrente que había entrado, pero al darme la vuelta…un hombre alto, cubierto
de sangre y con los ojos rojos como el fuego me dijo: “Él viene a por ti” y se
abalanzó sobre mí con un cuchillo que reflejaba las luces
de la cocina. Eché a correr por toda la casa y me escondí en la habitación de
mi hermano pensando que el hombre se había ido. Oí pasos en el pasillo y luego
comenzó a abrirse el cerrojo de la puerta, entró enfurecido por la habitación y
se dirigió hacia mí en un paso lento. Con su mano derecha me dio un golpe en la
cabeza y me desmayé…
Volví a abrir los ojos y me
encontraba todavía en el patio de mi casa, tumbada en la tumbona y un poco
aturdida, pero supe que todo aquello fue un sueño.
Miré al cielo y pude contemplar
las estrellas perfectamente, me dolía la cabeza de aquella pesadilla y me
sentía muy pesada. Eché un vistazo a la carretera y vi una luz que se acercaba
por ella desde lejos, así que eché a correr hasta mi casa y cerré la puerta con
llave; sentí el calor de mi familia al entrar.
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